domingo, 26 de junio de 2011

La visita


Mi Cobardía y yo estamos conversando. Hoy domingo se presentó en mi casa con su mejor sonrisa y una caja de bombones. Nos hemos sentado en el sofá con un café y galletitas y ella me ha dicho que la negociación es la base de toda supervivencia sana. Tiene su encanto mi Cobardía, debo reconocerlo, es carismática, ni joven ni vieja, sobre todo dulce, protectora, uterina, placentaria, madre, buena amiga. No es fácil resistirse a la seguridad confortable que prometen su voz y sus argumentos. Hemos tocado varios temas que van desde las decisiones arriesgadas que nunca hay que tomar, hasta los peligros de la poesía, pasando también por la situación política del país que impele a permanecer callados y cuidadosos. Me ha hablado del amor condenado y sin esperanzas morales aparentes, ah y además de la responsabilidad, la culpa y el sacrificio como sostenes necesarios de la obra suprema que es la vida. Capítulo fundamental para Cobardía fueron los secretos que jamás hay que violar y las mentiras indispensables que hay que inventar en pro de no hacerle daño a las personas próximas a uno. Su caballito de batalla en la conversación ha sido la necesidad de encontrarle sentido a todas las cosas que se hacen, encontrar el sentido que una todos los cabos. Sin embargo y a pesar de toda la coherencia que muestra, hay un detalle que no se me escapa, Cobardía viene vestida de un modo extraño, carga como única ropa la piel de un tigre muerto. Mientras me habla le acaricia la cabeza al tigre, que dulcemente se apoya en su hombro.

—Dime, Cobardía, ¿esa no es la piel del tigre que yo misma maté hace tiempo? —le pregunto.

—Sí —me contesta—, lo es, pero parece que esta piel de tigre, a pesar de lo muerta que está, quiere que la consientas y le temas. Eso vine a decirte con todo cariño, eso que además tú ya sabes.