jueves, 3 de agosto de 2017

Precipicio

Alberto Durero - Melencolia (detalle)

Hubo que ver pájaros
muelles y niños
para que la montaña
dejara de aplastarnos.

Igual nos aplastó.

La tragedia no sabe
de vuelos
de mares
de infancias.

sábado, 10 de junio de 2017

Poder

Mark Rothko - Sin título (1968)

Heredar la arena
de siglos
de erosión.

No entender.

Seguir.

Encender
la luciérnaga
de un poema
en el pecho
de los que tampoco
aceptan el desierto.

Cambiar
con besos de ojos
el curso del mundo.

Tocar labios propicios.

Esculpir galaxias.

Poder.





domingo, 12 de febrero de 2017

Resolver

El otro día fuimos a Roma para resolver una cuestión en el consulado de Venezuela. 

Tenemos 7 meses sin pasaporte: "Tranquila mi amor, tú sabes cómo es todo, pero eso llega, total tú no tienes urgencia de viajar, no te pongas brava". 

Al salir de ahí decidí irá ver a Kapoor.
(El arte salva).

Fuimos al moribundo Museo de arte contemporáneo de Roma donde misteriosamente Kapoor decidió exponer un enorme número de obras. De allí me traje el oro y dejé el rojo. 

Luego nos montamos en un bus eterno que nos llevó a ver el Moisés. Había leído que le habían cambiado la iluminación y quería ver eso. Pues decepción. La escultura luce gris como las paredes que la rodean. 

Luego bajamos hacia el Coliseo a pie. Terminamos acariciando caballos. Algunos se dejaron, otros no. Cada caballo es distinto. Los caballos son los animales mas bellos del mundo. Aún atados a una carreta.
Recordé a Nietzsche, claro. 

De vuelta la Luna alumbró todo el viaje entre nubes. Nadie le pidió esa luz a la Luna. Luna bombillo.

jueves, 9 de febrero de 2017

El bosque de la niña

Cada vez que llego a su casa la niña me mira con sus ojos de mar y sonríe con sus dientes de nieve.
La niña me quiere.
Debo haber hecho algo muy especial porque los niños son difíciles en el AMOR. Son honestos.
No recuerdo qué hice, cuáles fueron mis acciones que, como ríos cálidos, bañaron, se instalaron y humectaron el corazón, los ojos y los dientes de la niña.
Y sus manos.
Porque además de mirarme y sonreírme, la niña, cuando visito su casa, siempre busca sus hojas blancas y sus colores, sus acuarelas y me hace dos, tres, cuatro dibujos, mientras los adultos hablamos de la crisis, de que no tenemos trabajo o de que el mundo pronto acabará.
Si levanto la mirada para ver aquello que se va plasmando en las hojas, la niña me sonríe y me dice: "¡no veas!". 
Yo le obedezco. Siempre hay que obedecer a los niños.
Y entonces llega con las hojas empapadas del río de colores que formó árboles en las hojas. 
La niña siempre me pinta árboles.
Yo tomo todo de sus manos y pongo a secar, en la baranda del balcón si hace calor, cerca de la chimenea si hace frío. 
Las pinturas deben secarse para permanecer. El amor no. Al amor nadie lo seca, salvo el desamor.
La niña no sabe de esas cosas, sólo mira, sonríe y me pinta árboles que van repoblando mis árboles de adentro.
Así nos reconstruimos. Como los bosques. Como los niños.

La visita

Mi Cobardía y yo estamos conversando. Hoy domingo se presentó en mi casa con su mejor sonrisa y una caja de bombones. Nos hemos sentado en el sofá con un café y galletitas y ella me ha dicho que la negociación es la base de toda supervivencia sana. 

Tiene su encanto mi Cobardía, debo reconocerlo, es carismática, ni joven ni vieja, sobre todo dulce, protectora, uterina, placentaria, madre, buena amiga. No es fácil resistirse a la seguridad confortable que prometen su voz y sus argumentos. 

Hemos tocado varios temas que van desde las decisiones arriesgadas que nunca hay que tomar, hasta los peligros de la poesía, pasando también por la situación política del país que impele a permanecer callados y cuidadosos. Me ha hablado del AMOR condenado y sin esperanzas aparentes, ah y además de la responsabilidad, la culpa y el sacrificio como sostenes necesarios de la obra suprema que es la vida. 
Capítulo fundamental para Cobardía ha sido el de los secretos que jamás hay que violar y las mentiras indispensables que hay que inventar en pro de no hacerle daño a las personas próximas a uno. Su caballito de batalla en la conversación ha consistido en la necesidad de encontrarle sentido a todas las cosas que se hacen, ese sentido que una todos los cabos. 

Sin embargo y a pesar de toda la coherencia que muestra, hay un detalle que no se me escapa, Cobardía viene vestida de un modo extraño, carga como única ropa la piel de un tigre muerto. Mientras me habla le acaricia la cabeza al tigre, que dulcemente se apoya en su hombro.


—Dime, Cobardía, ¿no es esa la piel del tigre que yo misma maté hace tiempo? —le pregunto.

—Sí —me contesta—, lo es, pero parece que esta piel de tigre, a pesar de lo muerta que está, quiere que la consientas y le temas. 

Eso vine a decirte con todo cariño, eso que además tú ya sabes.