Es imposible no sentir el aliento
fétido del totalitarismo.
Me alejé, lo intenté.
Después de ver sangre e hijos agonizantes de balas anónimas pero tan conocidas.
Luego de pensar que mi palabra, junto con las voces de millones, podría resolver algo, al menos ser escuchada, luego de sentir que lo que yo vivía por dentro era importante.
Fui masa. Pudieron haberme matado en aquellos días. Muchos cayeron. Nadie recuerda sus nombres. Los cementerios tienen sus héroes enterrados. Las cárceles cobijan a los torturados.
Entonces me retiré, reculé.
Busqué la belleza en la "libertad de no saber", en la falta de ideologías, en la sordera.
Me tapé los ojos, en la ilusión de crearme mi propio mundo alienado.
Pero el tirano está de vuelta, con su intensidad y su rabia, como para hacerme consciente de lo indefensa que estoy, como para decirme que de un plumazo puede quitarme todo aquello que pretendo poseer, controlar, vivir.
Quiero que se sepa que el domingo, es decir mañana, a las 23:59, en Venezuela, se acatará una orden inapelable, incontenible, irrefutable.
A esa hora se cerrará un importante canal de televisión.
Se le expropiarán sus equipos, se extirparán sus antenas de las montañas, se le castrará toda posibilidad de decirnos algo, aunque sea mentirnos.
Aquí el espacio se nos está reduciendo, las verdades se van unificando, abrigadas en una sola y gran mentira. O viceversa.
Quiero que se sepa que tenemos miedo, los estómagos revueltos, que andamos por la calle con nuestras caras encendidas de angustia e incredulidad, ya que no hemos perdido la capacidad de sorprendernos.
Quiero que se entienda que estamos lejos, muy lejos de ser libres, aunque a veces sintamos esa ilusión efímera.
Estamos además llenos de rabia.
Esa que se solapa bajo el temor, la m
ás peligrosa, la que no pasa por el tamiz de la razón.
El dictador no va a parar, vienen otras cosas.
Y este olor se expande como una nube tóxica, que se traga a los incautos que caen en su inmundo río de palabras.
Alerta entonces. Nadie
está exento.